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Archive for the ‘Evangelio Del Domingo’ Category

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas” Jn 10

Uno de los hilos que entretejen nuestras relaciones personales y sociales es la autoridad. No hay mundo posible sin autoridad: paternidad, maternidad, policías, gobernantes, entrenadores, guías religiosos, etc. Y todos tenemos por arriba al que ejerce la autoridad sobre nosotros y hacia abajo algunos sobre quienes en algún momento “mandamos”.

La autoridad en la visión de Jesús es servicio. Qué difícil armonizar estos dos extremos autoridad – servicio, porque fácilmente un puesto de mando se puede convertir en ocasión de ejercer un poder autoritario, una fuerza corruptora de opresión, una herramienta para afirmar los propios intereses por encima de los demás.

Jesús ejerce su autoridad interesándose por cada uno, buscando con cariño al alejado, fatigándose por el bien del rebaño, guiando desde el amor, Él es el buen pastor. Ojalá seamos y encontremos más pastores entre nosotros.

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 “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”

“Para mí , Jesús está muerto”, así piensa Tomás. Para creer que está vivo pide una prueba contundente y física. Jesús está muerto cuando su camino no es opción para mí. Está muerto cuando estoy sumido en la oscuridad, cuando siento perdido el rumbo, cuando la fatiga me paraliza, cuando hay una sed que parece no será saciada.

¿Cómo avizorar la luz, el camino, el descanso, el agua? La ocurrencia de Tomás se vuelve maravillosa puerta para hacer posible el encuentro con Jesús resucitado. Tocar con el dedo la llaga del hermano, meter la mano en el costado de mi prójimo. Acompañar los dolores, compadecerme, acercarme, estar ahí con quien sufre y ser de alivio. Ahí está el Señor, vivo y radiante en el “sacramento del hermano”, dispuesto a dar un vuelco de resurrección a mi vida.

Tocar las llagas de mis hermanos

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“Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó” Jn 20

En un primero momento, María Magdalena, Pedro y Juan encontraron sencillamente el sepulcro vacío, nada más. Sin embargo, dice el Evangelio que eso bastó al apóstol Juan para “ver y creer”.

¿Si Juan no vio nada -aquello estaba vacío- cómo es que vio? Contemplar a Jesús vivo, se da antes aún de contar con las apariciones, es una realidad de fe. Aquí no vemos que las apariciones sean el punto de partida para saber que no está muerto el Señor. La fuerza viene de una experiencia interior que da la seguridad que verdaderamente ha triunfado Él y su buena noticia. El Padre no abandonó al Hijo ni en la noche más oscura.

Esto es muy alentador para nosotros que no hemos vivido las apariciones. Podemos sentir la invitación a buscar con intensidad la experiencia de Jesús vivo, no nada más porque “dicen que dijeron”, sino porque Él en persona viene a mi encuentro. Si empiezo a encarnar su mensaje y ejemplo, también le veré.

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“Ahí está tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él. Jn 19

María había seguido con corazón de mamá los caminos emprendidos por Jesús. Había sufrido con la amenaza del fracaso cada vez más inminente. Primero el intento de despeñarlo en su pueblo, Nazaret. Después la idea que tenían sus parientes de que estaba enloqueciendo. El abandono de sus discípulos en Cafarnaúm. La salida de Jesús a tierra extranjera. El viaje a Jerusalén. Cuando supo esto último, María emprendió su propia peregrinación a la ciudad santa para acompañar a su hijo. Y ahí, después de verlo morir, cargó y besó su cuerpo muerto.

¿Qué pasaría ahora por el alma de esta madre? Ella había sido la primera depositaria de lo más íntimo de Jesús, de sus razones, actitudes y temores. Sabía quién y cómo era Jesús. Su integridad total, compromiso por la justicia, amor desinteresado,  capacidad de compasión y esa confianza ilimitada en el Padre. María sacó de muy adentro lo que le había depositado su hijo: “el Abbá de Jesús no fallará, le hará justicia al inocente crucificado”.

Jesús en el sepulcro. Y a María podríamos imaginarla en su silencio, aguardando algo nuevo por venir:

La Palabra de Dios ya fue cumplida.
El silencio de Dios está a la espera
del amor de los hombres, Y él quisiera
que esa Palabra fuera recibida,
y en comunión de amor por siempre fuera
plenitud de su don que a todos diera. Amén.

(Himno de oficio de lecturas)

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“Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?”. Jn 18

Jesús no está dispuesto a hacer componendas. No puede sacrificar sus principios para responder con violencia a sus perseguidores. No negociará algo cómodo con los poderes que se le oponen: Roma y el Templo.  Sus opciones eran la rendición o la muerte. Y Jesús va a la muerte con plena conciencia y voluntad. El trágico desenlace no era para Él una sorpresa imprevista, pero no lo deseaba.

¿Por qué dar un paso así? ¿Cuál es el sentido de algo tan terrible como la muerte? Jesús había intentado despertar la fe en su Reino, ese nuevo modo de ver a Dios como Padre y a los hombres como hermanos. Pero ahora se le impedía hacerlo con palabras y acciones ¿qué más podía hacer para detonar una transformación interior del hombre? Grande fue su sermón de la montaña, ahora se avecinaba otro discurso. Desde otra montaña, el Gólgota, daría su último y más potente palabra entregando su propia vida.

Y precisamente hoy,  en este Viernes Santo, al ver a Jesús que “entrega el espíritu”, podemos experimentar en ese hecho de muerte, el despertar en nosotros de una fe viva y cierta. Cuelga de la cruz la Verdad misma, y la Verdad tiene fuerza en sí misma.

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“Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan” Jn 13

Lo maravilloso de Jesús es que no es un héroe para admirar, es verdadero hombre para imitar. Sus actitudes y opciones de vida pueden ser las mías. Claro que si asumo el riesgo de “hacer lo que Él ha hecho”, mi vida puede quedar trastocada, volcada totalmente.

Hijos de nuestro tiempo, es fácil vernos envueltos en un individualismo o en una lealtad de grupos excluyentes. Es probable que nos deslicemos arrastrados por ese torrente social que nos impulsa a generar una voluntad de dominio, de poder, de superioridad y apariencias.

Imitar a Jesús que se inclina y realiza una labor de esclavo nos llevaría hacia otra orilla. Naveguemos por la ruta de la humildad y el servicio, abandonando particularismos, y aventurémonos hacia un deseo de servicio universal, incondicional, incluyente. En esa orilla cabe todo hombre y mujer, cualquier ser humano. Si empezamos por bajar hacia los pequeños, ya estaremos en el camino de Jesús.

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“Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa” Mt 26

Jesús es un valiente. Prevé el peligro, pero no vuelve atrás. Su destino era Jerusalén, y hacia allá se dirige. Él ha predicado que ya se acerca el Reino de Dios. Él ha vivido ese Reino con sus actitudes, gestos, acciones y palabras. Eso es subversión y eso le puede costar la vida.
Se acerca la hora de la prueba, pero Jesús sabe que si da la cara es porque ese Reino lo vale. Si afronta la muerte, el proyecto de Dios quedará en pie. Si huye, se desvanecerá la autenticidad de su mensaje, morirá la esperanza.
Hay decisiones de valor en que nos jugamos mucho. Hay veces que la conciencia nos impulsa a una entrega más alta, incluso heroica. La fidelidad al eco de la voz de Dios en un lado de la balanza y, del otro, las necesarias renuncias y contradicciones que vendrán tras el paso adelante. Y Jesús elige su opción.

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